Jornada nacional de enfrentamiento al SIDA

La jornada nacional de enfrentamiento  contra el SIDA  se celebra en nuestro país del 1 de noviembre a primero de diciembre, y se dedica a dar a conocer  el comportamiento de la epidemia a nivel global. Se eligió este día  debido a que el primer caso de SIDA fue diagnosticado en esa fecha  en el año 1981.

Desde entonces, la enfermedad ha matado más de 25 millones de personas en todo el mundo, de las cuales, más  de medio millón eran niños. Así  se  convirtió  en una de las epidemias más destructivas de la historia.

La idea de dedicar un día a la lucha contra el SIDA en el mundo se originó en la Cumbre Mundial de Ministerios de la Salud de 1988, dentro de los programas para la prevención de la enfermedad.
A partir de  esa fecha, ha sido tomado por gobiernos y  organizaciones internacionales alrededor del mundo.  El lazo rojo es el símbolo mundial para la solidaridad con las personas seropositivas y con aquellos que conviven con esta dolencia.

El surgimiento del SIDA como enfermedad mortal y su conocimiento en Cuba a partir de 1983 alertó a las autoridades sanitarias. La rápida adopción de medidas y el establecimiento de mecanismos para la prevención de la enfermedad ha propiciado que la epidemia en la isla siga un ritmo lento, localizada en grupos específicos, con tendencia a un ligero aumento de los casos de uno a otro año.

En nuestro país se realiza un amplio trabajo de divulgación para prevenir la enfermedad y  para el tratamiento a los enfermos.  La sociedad y las instituciones  facilitan y  sostienen a las familias en el cuidado de los contagiados con todas las medidas económicas y sanitarias adecuadas, que les permita enfrentarse en mejores condiciones a la situación.

Muchas personas  desconocen  las características de esta enfermedad  y por eso  ante un enfermo la reacción  de rechazo se hace visible  de manera inmediata. La mayoría se pregunta ¿que debo  hacer ante esta situación?  La respuesta es bien sencilla; ante los infectados de SIDA cada persona debe adoptar la misma conducta que  con cualquier otro  enfermo. Por lo tanto se debe ser solidario, acogerlo con amor  y brindarle toda nuestra ayuda.

No lo dude, así es,  los enfermos de SIDA tienen los mismos derechos que las personas sanas. Rechazarlos  en la escuela, en el centro de trabajo, en la cuadra donde vive  o en cualquier otro lugar es un acto de injusticia, inhumano e inadmisible.

Convivir con un familiar que sea portador del virus del SIDA  implica brindarle el amor y el cuidado que merece. Él en pago tiene el deber de no dañar la salud de su pareja, de los hijos, de otros familiares u otras personas, ya sea dentro o fuera de su hogar.  Para lograr esto debe cumplir rigurosamente con las medidas de precaución a fin de evitarles el contagio.

Se conoce por los resultados de estudios sobre el tema,  que convivir con esta enfermedad  no implica riesgo de transmisión del virus siempre que se tomen las medidas de prevención, necesarias y razonables.  No obstante, en el plano social,  incluso en la familia, no siempre existe comprensión para con las personas que contraen la infección del virus del VIH.

Para  muchos es muy difícil la relación  con personas portadoras del virus.  Ante esta situación  se debe buscar un especialista que brinde información sobre la enfermedad  y proporcione medios para   ayudar al afectado y enseñe  como asumir adecuadamente el rol de familiar, amigo, compañero de trabajo o estudio, e incluso el de pareja.

Se sabe que aunque se puede controlar el desarrollo de la infección del VIH y alargar la existencia de quienes  padecen el SIDA, este mal no tiene cura. Por tanto es responsabilidad de quienes conviven con los portadores de este virus crearles un clima solidario.

La familia tiene la obligación de crear un espacio de acogida y apoyo muy especial para estos casos. Pero se sabe que no siempre es así.  Por desgracia esta solidaridad desaparece en algunos sectores de nuestra sociedad por los prejuicios y los miedos existentes frente a esta terrible enfermedad.

A veces ocurre que  por desconocimiento o por prejuicios, los enfermos son rechazados y discriminados. Esto es como ya dije antes inadmisible,  inhumano  e injusto.  Lo peor es que provoca consecuencias devastadoras en la autoestima del enfermo.

Pero eso no para ahí,  es más grave aún, predispone la cooperación del infectado a la hora de tomar las medidas necesarias para protegerse a sí mismos y a los demás. De esta manera aumenta el riesgo de contagio para otras personas.

Ocurre también que cuando  se conoce de  la presencia en la escuela de niños seropositivos, algunos padres aconsejan a sus hijos que se mantengan alejados, no jueguen con ellos y que los  rechacen. Esta es una actitud  muy incorrecta, una discriminación injusta, una manifestación de  falta de apoyo y un atentado a la dignidad de estos niños.

Esta actitud hostil, es una expresión de discriminación injusta, de rechazo hacia niños inocentes y, por lo tanto, no la  podemos justificar. No existe razón alguna para que los padres de niños sanos rechacen la presencia en la escuela de niños seropositivos. Por lo tanto no podemos permitir estas manifestaciones.

Acciones como estas de rechazo hacia los enfermos de Sida se observan en centros de trabajo o de  estudio, donde coexisten personas infectadas con otras que no lo son. En todos los caso  discriminar a los enfermos  es siempre  un acto de inmoralidad, brutal e inaceptable.

Como pueden apreciar lo más importante para lograr un verdadero apoyo a las personas que viven con el SIDA es erradicar el  temor a ser rechazados. Esta es una de las formas de discriminación más desalentadoras para quienes conviven con un mal que requiere de una conducta solidaria, de respeto y amor, por sus familiares más cercanos, así como de aquellos que forman parte de su entorno laboral y comunitario.

El enfermo de SIDA es una persona absolutamente normal, que puede trabajar, que se puede enamorar, que puede hacer una vida normal siempre y cuando esté en manos de un profesional médico.
Por tanto es primordial asumir  una conducta solidaria y comprensiva ante la enfermedad, saber enfrentarla  y así será  más llevadera y útil  su existencia. La familia  debe sobreponerse al dolor y al sufrimiento que le ocasiona tener un miembro afectado por el VIH, para brindarle los cuidados, la comprensión y el amor que todo enfermo merece.

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